Quieren salvar a México, pero no quieren que México cambie. La mayoría de los “disidentes” en las instituciones —en las universidades, en las parroquias e incluso en los partidos políticos— son tristes accidentes de este, no verdaderos opositores. No hace falta más que ver la diferencia entre lo que predican y lo que practican. Mujeres que en teoría sostienen valores tradicionales se rehúsan a priorizar formar una familia sobre su profesión; sacerdotes que disculpan las más degeneradas corrientes sexuales modernas; líderes de oposición tan incompetentes y oportunistas como el oficialismo que tanto critican.
Se dice que en México no se vota por la oposición porque no la hay, pero ello no es preciso. No hay oposición porque no se vota por ella. No es bienvenida, y no lo ha sido por más de cien años. Cualquier político que hablare como yo he escrito aquí estaría cometiendo suicidio electoral, incluso si gran parte de los ciudadanos estuviesen de acuerdo. Tristemente, el conformismo y la autocensura son valores característicos del mexicano.
El cambio moral, que es el cambio que México realmente necesita, evidentemente espanta a la gente. La manera más viable de convencer a la gente de aceptarlo pese a su miedo es, entonces, con algo que teman todavía más. Afortunadamente, los intentos del oficialismo por consolidarse por encima de los balances constitucionales lograran justamente eso, puesto que sus principios en todo lugar y en todo momento no han llevado más que a la miseria, tarde que temprano. Cuando ello ocurra, tendremos una ventana hacia la victoria. No será una victoria triunfal, ni una recibida de brazos abiertos, pero será una victoria igual.